- ¡Eres el anticristo, maldito despojo humano! ¡Dios sabe quién eres! ¡Te recordará!
Miller lo saludó con el sombrero mientras pasaba a su lado.
- Las estrellas son un lugar mejor sin nosotros -dijo en voz tan baja que solo Julie lo escuchó.
Hay una copia de La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, Michael Crichton, 1969) en mi biblioteca pública favorita, pero es un vetusto ejemplar amarillento de bolsillo, con traducción atroz y editado de manera más atroz todavía, cuyas páginas hacen daño a la vista. No obstante, la película de 1971 que lo adapta sí la he visto un par de veces y os la recomiendo. Trata sobre un organismo microscópico extraterrestre que queda adherido por accidente a un satélite en órbita. Este cae en las afueras de un pequeño pueblo de Arizona, matando de forma misteriosa a casi todos sus habitantes. Si bien los más importantes científicos son reclutados para estudiar la amenaza, el verdadero protagonista es el laboratorio biológico de contención, totalmente automatizado hasta el punto de incluir un sistema de autodestrucción nuclear en caso de emergencia.
El despertar del Leviatán, aunque con buen criterio no especifica la fecha exacta, podemos especular que hemos avanzado doscientos años en el futuro, en plena diáspora allende la atmósfera terrestre, con un Marte independiente y una miríada de estaciones mineras esparcidas por el fronterizo Cinturón de asteroides y los planetas exteriores. Aquí, Andrómeda se llama virus de Febe, una diminuta luna helada de Saturno en la que lleva esperando miles de millones de años a ser despertado. Su descubrimiento por un holding científico-militar sin escrúpulos, así como su exposición deliberada a miles de inocentes para estudiar sus efectos sobre nuestro organismo, serán ocultados por el telón de una guerra entre el Cinturón y los planetas rocosos del sistema solar.
Dicho así, suena bien. George R.R. Martin ha dado su bendición a la novela, tal vez porque utiliza un método narrativo muy parecido al del omnipresente autor de Juego de Tronos: empezar con un potente e intrigante prólogo, y continuar con los famosos P.O.V. -point of view- de cada protagonista, cuyos capítulos individuales se van alternando a lo largo de la historia para que sus visiones parciales completen el cuadro general. Martin suele servirse de varios, mientras que este libro solamente utiliza dos: Holden y Miller. Lo cual a priori no tiene por qué resultar negativo, el problema no es tanto la cantidad como la calidad de los caracteres, muy desigual.
James Holden, sin ir más lejos, tiene interés por cuanto un novelista debería apartarse de perpetrar personaje tan birrioso, especie de cowboy espacial ascendido a capitán de una muy menguada tripulación por circunstancias escabrosas. En sus zapatos, el material literario se asemeja a un guión cinematográfico o videojueguil, a una sucesión de pantallas de dificultad creciente pero siempre superables por un tipo al que todo le sale bien. Para rematar, aunque de origen terrestre, su educación es fruto de una comunidad poliamorosa, tiene tres madres y como cinco padres, o algo así. Da lo mismo: Holden se comporta con Naomi, su segunda de a bordo, como un beato pisaverde digno de novelita de Jane Austen. En fin, lo que se dice una purria de personaje, sin el menor aliciente para lectores consumados.
Más convincente resulta Miller, aunque tampoco era muy difícil. De su peripecia, la del arquetipo de policía cínico y expeditivo, a lo Rick Deckard en Blade Runner (que a su vez era un pastiche de cientos de detectives previos), surgen los momentos más brillantes y que tienen que ver con su último encargo extraoficial: localizar a una rica y rebelde heredera desaparecida en extrañas circunstancias junto a su carguero espacial y el resto de la tripulación. Miller es cinturiano, de Ceres (el mayor asteroide del sistema solar), por lo que a través de la investigación también conoceremos el modo de vida de sus semejantes. Tras un par de generaciones aislados en el vacío interplanetario, nueva periferia de la humanidad, los cinturianos ya no se ven a sí mismos como colonos, sino ciudadanos autónomos y organizados políticamente, con su propio idioma e incluso rasgos físicos modificados por microgravedad. Las superpotencias terrestre y marciana no significan mucho más que puntos luminosos del firmamento.
Aquí, lo mollar del libro. Miller y Holden cruzarán sus caminos, lucharán por sus vidas y serán testigos privilegiados de los horrores al que se ven sometidos los infectados por el virus mutagénico extraterrestre, pero esta clase de argumento ya lo hemos visto y leído en obras previas más originales. No vamos a pedirles a los escritores que publican bajo el seudónimo de James S.A. Corey que inventen la pólvora, como tampoco le pedimos peras al olmo. Después de todo, estamos ante una operación comercial destinada al público anglo y, en segundo término, al resto de Occidente. Y quizá por ello, sin pretenderlo, se adentran en terrenos metafóricos sobre la forma en que se hacen las cosas en la actualidad dentro de la esfera anglosajona. Como terráqueo, el protagonista Holden podría haber nacido en Niza, en Cádiz, en Caracas o en un pueblecito de la costa de Madagascar, pero no, su lugar de procedencia es Montana, en los actuales EEUU, ¡vaya por Dios! Si bien la novela muestra de vez en cuando caracteres secundarios que representan cierta diversidad étnica, no se explica qué ha ocurrido con el gigante chino, el mundo árabe y demás zonas influyentes del sur global. Sencillamente, su evolución durante el útimo par de siglos no interesa a los autores.
Por lo demás, toda operación colonial pastoreada por atlantistas, real o ficticia, acaba igual: una vez alcanzada la autonomía económica y comercial con respecto a la metrópoli, y sin ningún otro lazo o institución común, bien porque estas hayan sido socavadas, bien porque nadie se ha preocupado de su consolidación (algo tan sencillo como el servicio militar obligatorio), se produce la emancipación, adornada siempre por toda clase de circunloquios sentimentales y culturales. Los habitantes del Cinturón afirman, muy cucos, los que han nacido en pozos de gravedad planetarios no son como ellos ni les comprenden. Y yo, autor de estas líneas y nacido hace cuatro décadas en la meseta central de la península ibérica, acuso recibo de que las palabras cinturianas me suenan mucho... pero mucho. En su descargo, al menos estos regionalistas no pueden practicar revisionismo histórico en cuanto a pueblo originario del Cinturón sin que nos tiremos al suelo de risa.
Quizá, el instinto territorial del homo sapiens termine siempre prevalenciando sobre otras consideraciones políticas más racionales, y que lo que entendemos por occidente capitalista no sea sino la decantación más pura de civilización, con todo su egoísmo y su hipocresía, sus facciones enfrentadas entre sí en una competición eterna por la supremacía sobre el adversario. Guerras y genocidios no son la causa, sino el síntoma. ¿De verdad vamos a exportar semejante modelo ahí fuera?






















